La presente obra se enmarca dentro de la primera etapa plástica del artista, en la que realiza abundante pintura al oleo de temática referente a la realidad social gallega pero sin la finalidad, todavía, de emplearla como medio de acción política. En esta época se advierte mayor gusto por las formas y las composiciones que en épocas posteriores, con un lenguaje plástico de claras reminiscencias modernistas. Son estos unos años de gran actividad expositiva dentro y fuera de Galicia. El arte de Castelao se define primeramente por su constante humorística y satírica, en la que las gentes humildes suelen ser los protagonistas. Físicamente condicionado por la dolencia crónica de sus ojos, agravada con los años, y moralmente por la necesidad vital de producir un arte al servicio de Galicia, en las pinturas del rianxeiro prima la comunicación de la realidad social gallega sobre cualquier cuestión plástica. El cuadro esta dedicado al doctor Leyes en agradecimiento por atender a su esposa en el nacimiento de su único hijo, Alfonso Xesús, en 1913, que desgraciadamente moriría de tuberculosis a los catorce años. La obra responde al tipo de composición más frecuente del autor: en primer plano unas figuras, en este caso una campesina que camina solemne con un niño, figura muy frecuente en este momento. Ambos llevan la mirada baja, van en silencio, el mismo silencio que parece asolar todo el lugar, situado ante un paisaje distribuido a dos niveles. En el superior predomina un cruceiro iluminado, testigo mudo de todo lo que ocurre a su alrededor. Xesús Carro dijo: “Nuestro egregio Castelao, alma de artista y pensador, no vio la imagen de nuestra Galicia en las sonatas de los murmullos de las robledas, ni en sus cielos, ni en las aguas, ni en su paisaje, ni en la gaita... sino en esas cruces de piedra que se elevan en los cruceiros y que se encuentran en los caminos, en las corredoiras y en las plazas de aldeas y pueblos... Por eso Castelao, un genio, se dio cuenta de que el alma de Galicia estaba en aquellas cruces de piedra: detrás del drama había también una resurrección.”. La composición se cierra con los eucaliptos: gigantes que habitan desordenados y firmes la tierra gallega, elevados como fantasmas enormes. La oscuridad cromática elegida, como también la prefería frecuentemente su compañero y amigo Xeús Corredoira, a quien le une una gran afinidad estilística, le da a la obra una carga más profunda de realidad.
LITERATURA: