El valor de muchas obras de arte contemporáneo está condicionado por el discurso que las acompaña. Actualmente, este hecho puede llegar a unos extremos que se diría que la función de las propias obras es acompañar larguísimas disertaciones de autor. En otros casos, entre los que sin duda se encuentra Lamazares, el espectador agradece descubrirse ante obras llenas de historias que, no obstante, no necesitan ser contadas. Solo es necesario que el observador se abandone libremente a su propia voluntad y a la impresión que le provoca la obra. Cuando esto se hace, se produce entonces la magia del arte: el despertar de los sentimientos y la movilización de los sentidos. La concepción y el nacimiento de la obra de un pintor ha de producirse en su alma. Sin emoción no hay arte, y en Lamazares hay pasión. De esta manera, la obra, porque ha nacido de una pulsión vital y anímica, puede transmitirnos esa agitación sensorial. La obra esta compuesta por dos tableros irregulares y visiblemente claveteadas a una estructura de maderos en cruz, prolongando la conceptualidad del arte pobre surgido en la década de los 60 que subraya que los materiales importan menos que las ideas. La línea de contacto de las dos maderas hace de horizonte en la composición, jugando a otorgarle un cierto aspecto de composición espacial tradicional: plano próximo, línea del horizonte y plano de lejanía, compuesto a su vez por unos nubarrones atravesados por un gran rayo de luz. Todo es un juego de aprovechamiento de las manchas y dibujos formados fortuitamente en la madera. La escasez de trazos y la ingravidez atmosférica, la imaginación, la grandiosidad del formato, la concesión al humor y la extremada sensibilidad que desprende la obra, la convierten en un deleite para los sentimientos y los sentidos.
Exposiciones:
Según la apreciación de Rafael Pérez Hernando Dulce amor es la obra que representa la sutil transición estética experimentada por Lamazares en 1983 y suscitada por la estrecha relación que en esa época mantiene con el pintor Alfonso Fraile (1930-1988), con quien mantenía constantes encuentros que paulatinamente fueron filtrándose por los sentidos todavía selváticos de Lamazares. Uno de los cambios que se aprecia en la obra de esta época radica en la matización de los colores, que pasan de la gran intensidad y pureza de los primeros años ochenta al atemperamento de los mismos. Dulce amor es un hermoso título para una bella obra. Desde sus inicios, Lamazares había desarrollado un lenguaje plástico basado en la deliberada puerilidad y en el garabato, así como en la materia bruta para volver a los orígenes del arte. La figura humana, de contornos y trazos elementales se sintetizaba en un grotesco monigote. Dubuffet decía lo siguiente. "Todos somos pintores. Pintar, es como hablar o andar. Al hombre le es tan natural emborronar cualquier superficie que tenga a mano, embadurnar cualquier imagen, como le es hablar". Pérez Hernando, copartícipe de aquellos fructíferos encuentros Lamazares-Fraile, explica con suficiente acierto sus ideas acerca de esa mutación: “... Ese cambio levísimo, en la piel del dibujo, en la hondura, en lo apenas, en lo fundamental, venía dado por el sentimiento y la mirada a la forma de mirar y de sentir de un pintor por muchas circunstancias cercano: Alfonso Fraile..... Tal influencia rebajó parte de lo que Chaissac y su idea de lo brut, de lo espontáneo, le hubieran inspirado, y le incorporaron una noción más sentida de lo esencial, de ir a lo sustantivo en la expresión y en la estructura del dibujo, y aun del color, y en algún especto de la materia. Una piedra preciosa necesita siempre la mejor talla. Y Antón Lamazares, que venía de Klee, y por Miró y por Giacometti, de los universos sin aspaviento, con la acción y la comunión benéfica del amigo, fue enriqueciendo su universo, desnudándolo, haciéndolo más habitable, más respirable...
Exposiciones:
Dulce amor. Antón Lamazares; Gal.Rafael Pérez Hernando, Ctro. Cultural de la Volla, Madrid; Artexpo, Barcelona, 1997
Literatura:
Miguel Logroño, Rafael Pérez Hernando, Antón Lamazares (1981-1983), Madrid, 1997 (rep. p. 48-52)