A finales de los años 20, después de un período de gran fertilidad en el que alterna obras de temática social con otras de investigación meramente plástica, Souto desarrolla una etapa marcadamente francesa, dentro de la cual hay que situar Meu fillo: el retrato de su hijo Arturo. En ese período, los colores de su paleta se enriquecen, sobre todo con el fecundo empleo del azul ultramar, los formatos de las obras se agrandan, la masa pictórica se densifica espesando las texturas y las figuras adquieren mayor volumetría. Interesante la solución de la ventana abierta, elemento compositivo inédito, que no solo consigue una apertura en la composición, sino que permite un sugerente contraluz. En esta obra se ha descubierto la presencia de una pintura subyacente que podemos observar mediante imágen radiográfica. A falta de un estudio más profundo, parece identificarse una serie de imágenes o formas de una estética próxima al arte primitivo, que en el París de las vanguardias, donde recientemente había estado viviendo Souto, era fuente inagotable de inspiración.
Exposiciones:
* Santiago, Catro renovadores da Arte Galega, Auditorio de Galicia, 1993 (repr. color)
* A Coruña, Arturo Souto, Fundación Barrié, 1998 (repr. color)
* Santiago, Museo do Pobo Galego; Pontevedra, Museo de Bellas Artes; Ourense, Diputación Provincial; Lugo; Diputación Provincial; Itinerarios artísticos; Fundación María José Jove, 2006 (repr. color pág. 125)
* A Coruña, Con Mirada Propia, Palacio Municipal Exposiciones Kiosko Alfonso, 2007 (repr. pág 28-31)
Arturo Souto es uno de los artistas más significativos de la plástica gallega y española del siglo XX. Pintor, grabador, ilustrador y dibujante, este intelectual pontevedrés se comprometió con los acontecimientos sociales y políticos de la España republicana y de la Guerra Civil, convirtiéndose en una figura clave a la hora de componer y verificar el proceso histórico español en aquella etapa difícil y convulsa. A lo largo de su trayectoria artística se pueden distinguir diferentes etapas, que inició con un modernismo decadentista, para proseguir con una etapa que será muy francesa por las influencias de Bonnard y Toulouse Lautrec. Posteriormente, tendrá un período italiano que recuerda a Chirico y recibirá las influencias del arte japonés que conocerá en París, del que ofrece una visión muy personal, con un colorido exultante. La etapa americana, coincidente con su exilio, es mucho más neutra de color, refleja la raza, el hieratismo y se deja influir por el muralismo indígena. La obra Caballerizas (óleo sobre lienzo, 78x84 cm., ca. 1938) representa una escena cotidiana desarrollada en unas cuadras vistas desde el exterior. El gran portalón que se abre en el centro de la composición permite ver el interior del recinto y los caballos que muestran su parte trasera en primer plano, así como las personas que los acompañan. La disposición invita al espectador a observar detenidamente la escena y a adentrarse en ella. Utilizando una paleta de color sobria en gamas de negros, ocres y pardos, el autor emplea una pincelada gruesa y empastada que prácticamente diluye las formas de las figuras, incluyendo puntos de luz en lugares estratégicos que ayudan a conseguir la buscada sensación espacial. La década de los años 30 supone para Souto su incursión en el contexto vanguardista de Madrid que se desarrolla alrededor de la proclamación de la II República en 1931. Estos acontecimientos propiciarán que el artista se posicione ante la realidad social, comprometiéndose por la dinamización de un país anclado en el localismo. En el campo de la plástica, entra en el debate de la modernidad de manera ecléctica, ya que en España no había una definición clara por lo que conviven el expresionismo, el surrealismo y el nuevo arte soviético. Los tres años que dura la Guerra Civil española conformarán un nuevo período dentro de la trayectoria del pintor, en el que llevará a cabo una producción frenética y dispersa. Una de sus técnicas más utilizadas será el dibujo, del que se servirá en muchas ocasiones para denunciar las atrocidades que se cometían en la contienda. A esto hay que sumar la crítica y la sátira que plantea hacia los partidarios de Franco en todos los ámbitos, así como contra los padecimientos que sufre la sociedad. Como apuntó Luis Seoane, parece que el pintor “también está en guerra” por lo que colabora con diversas publicaciones favorables al bando republicano. Sin embargo, el caudal más expresivo prefiere reservarlo para el óleo en unas pinturas que alcanzarán una rotundidad plástica de corte expresionista con pinceladas y texturas llenas de materia que recuerdan a Goya y sus pinturas negras, así como a las figuras regias de Solana y sus atmósferas tenebrosas. Aunque tampoco hay que olvidar que este tipo de obras enlazan con la estética del granito sobre la que tanto trabajaron los autores de las vanguardias históricas gallegos coetáneos suyos.
EXPOSICIONES:
El Espejo Que Huye. Obras Colección FMJJ; Centro Cultural Palacio Revillagigedo, FMJJ-Cajastur, Gijón, 2009
LITERATURA:
David Barro, Cat. El Espejo Que Huye. Obras Colección FMJJ, Ed.FMJJ-Cajastur
Arturo Souto es uno de los artistas más significativos de la plástica gallega y española del siglo XX. Pintor, grabador, ilustrador y dibujante, este intelectual pontevedrés se comprometió con los acontecimientos sociales y políticos de la España republicana y de la Guerra Civil, convirtiéndose en una figura clave a la hora de componer y verificar el proceso histórico español en aquella etapa difícil y convulsa. A lo largo de su trayectoria artística se pueden distinguir diferentes etapas, que inició con un modernismo decadentista, para proseguir con una etapa que será muy francesa por las influencias de Bonnard y Toulouse Lautrec. Posteriormente, tendrá un período italiano que recuerda a Chirico y recibirá las influencias del arte japonés que conocerá en París, del que ofrece una visión muy personal, con un colorido exultante. La adhesión de Souto al bando republicano le obliga a exiliarse y será entonces cuando comience su nueva vida en América, viviendo en diferentes países, especialmente en México y abriendo una nueva etapa en su carrera, caracterizada por el reflejo de la raza, el hieratismo, la influencia del muralismo indígena y la absoluta libertad personal en el placer del acto pictórico. Será a partir de 1940 cuando el autor consolide nuevas iconografías y soluciones formales desarrolladas hasta entonces. La densidad en la materia será una constante, aplicada mediante pinceladas fragmentadas, pequeñas, a veces acompasadas por un ritmo de una línea más expresiva. La obra India (óleo sobre lienzo, 100x90cm., ca. 1960) responde a estas características. En ella, Souto retrata a una indígena americana vestida de un intenso amarillo y cubierta por un manto rojo. La figura está captada en un instante, desprevenida, no está posando. Colocada de espaldas al espectador y ladeada, muestra un rostro de tez morena y ojos rasgados, mientras se recorta sobre un fondo verde indefinido. El trazo es corto y ágil, pero empastado, otorgando gran importancia a la materia como medio de expresión plástica. Desde los años 50, este autor elabora cada vez más sus composiciones, alentado por las emociones que le propicia su país de acogida, México. Souto asume que la posguerra y la dictadura españolas van a ser largas por lo que centrará toda su creatividad en las posibilidades temáticas y de inspiración que le ofrece esta tierra. Se interesa por problemas compositivos y centra la atención en el primer término a través de las figuras y de los colores más claros, dejando para el segundo, los más oscuros. Un motivo al que recurre Souto incansablemente durante su exilio será el universo femenino. En ocasiones, lo recreará de forma sensual, como un voyeur y en otras, como homenaje a una diversidad racial que idealiza a través de la propia pintura, la literatura y las tipologías populares, como ocurre con la obra India.