José Eduardo Martínez González, Chelín, nace en La Coruña, en 1945. Su formación académica pasa por la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando y el Círculo de Bellas Artes de Madrid.A mediados de la década de los setenta, Chelín es unos de los protagonistas de la fundación del colectivo A Carón, formado por un interesante grupo de artistas de procedencia e índole diversa dentro del ámbito coruñés, unidos no solamente por unos ideales de carácter socio-político, sino por el compromiso común de liberalizar el arte de los dictámenes mercantilistas y oficialistas. Poco tiempo después, Chelín se compromete de nuevo en la creación de la agrupación La Galga, otro colectivo de inquietudes similares al anterior, en el que participan activamente personalidades del campo cultural de La Coruña, como Manuel Rivas, Xavier Seoane, Mon Vasco, Xaime Cabanas ó Cesar Otero, entre otros.El resurgimiento cultural que se movía internamente en Galicia en la década de los setenta desemboca, en La Coruña, en la formación del Gruporzán, en 1985, una célebre asociación de pintores coruñeses, con Chelín como miembro fundador, que, con unos lenguajes plásticos individuales, apuestan por la universalización de los conceptos y manifestaciones artísticas. En su afanosa trayectoria plástica, Chelín cuenta con numerosas exposiciones individuales y colectivas, entre las que destacan las realizadas con A Carón y La Galga, así como con el Gruporzán, con quien expone en la edición de ARCO de 1987.Sus obras forman parte de interesantes colecciones gallegas y nacionales, como la Fundación ONCE o la del Banco Exterior de España, así como otras de ámbito internacional, como la Fundación Mendoza de Caracas, el Centro de Arte Greslín de Nantes o la del Banco Nacional de Irlanda.La plástica de Chelín esta avalada por una pausada y segura evolución estilística. Es un pintor de sólida formación que sabe moverse con igual firmeza por el campo de la figuración y de la abstracción, aunque es en este último donde el pintor se expresa con mayor énfasis. Con frecuencia sus obras son espacios donde estructurar elementos de raíz geometrizante, en combinación con colores y luces que surgen del interior de sus composiciones.
Triángulo amarillo es ante todo un cuadro hermoso. Emotivo, espiritual, quizás algo triste, pero bello. Como un espacio para la ensoñación, Chelín va distribuyendo libremente los elementos que habitan en él con absoluta elegancia.
El procedimiento técnico de ejecución juega en las obras de Chelín un papel fundamental, como bien se demuestra en esta obra. Se parte de un fondo aparentemente enyesado, sólido e irregular, al que se le ha aplicado una veladura verde y parda, translúcida, mate y desordenada, como si fuera la pared para una pintura mural. De ahí surgen dos rectángulos amarillos. En realidad son blancos, con una veladura amarillenta. En contraste con la irregularidad superficial de éstos, aparecen los triángulos negros, tersos y precisos. Los trazos finales, a modo de grafismos simbólicos, se han aplicado directamente del tubo de pintura.
La pluralidad en los lenguajes de expresión de Chelín es el fruto de una evolución personal. El proceso de abstracción de sus obras parte de un dibujo sólido y de unos claros conceptos artísticos. Chelín forma parte de esos pintores que con su saber hacer dignifica la abstracción plástica y los lenguajes experimentales actuales.