Cuando Sotomayor pinta esta obra tiene cerca de setenta años. Han pasado ya cuatro décadas desde su reencuentro con Galicia, de donde se había marchado con su familia, cuando tan solo contaba cuatro años y a donde no había regresado hasta los treinta, con motivo de la boda de su hermano. Ese redescubrimiento de su tierra natal fue decisivo en su temática plástica que, a partir de entonces, se dedicará a representar, las gentes y los escenarios gallegos, utilizando siempre en su paleta un aglutinante edulcolorado que tiñe sus obras con un velo de ficción. En este momento, en la década de los cuarenta, Sotomayor vive cómodamente en Madrid, es director del Museo del Prado y la alta sociedad madrileña se disputa su tiempo para ser inmortalizada por sus pinceles. Entonces pasa largas temporadas en Galicia, en la aldea pontecesá de Sergude, donde su mujer hacia años había heredado una casa, la que aparece pintada en la primera línea del paisaje del fondo. Allí pintaba, con a las gentes de la comarca, a los campesinos, a los alfareros de la localidad vecina de Buño, las romerías de las aldeas o los curas de la comarca. Los protagonistas de este cuadro son el casero de la casa –a quien retrató en numerosas ocasiones- y su hija, que mira al espectador con gallega expresión de candidez y recelo. Cuenta la hija del pintor que cuando éste pintaba figuras tenía la costumbre de comenzar por uno de los ojos, para que su mirada se enlazara con la suya y, a partir de ahí, completar el campo hasta terminar el resto de la figura. Los caseros sigue los esquemas característicos de numerosas obras de Sotomayor: figuras de medio cuerpo situadas a la derecha de la escena ante un paisaje abocetado con manchas de color que tan solo es un pretexto espacial para situar las figuras, que parecen aproximarse hacia nosotros y salirse del cuadro. El tratamiento en la pincelada de las figuras dista mucho del empleado en los retratos de la burguesía, mucho más encorsetado. En esta ocasión, y en general en todos los retratos de personajes populares, la mayor libertad que siente el pintor se traduce en unos trazos y modo de ejecución más espontáneos y frescos.
LITERATURA:
Dibujos en rato de ocio, 1955
Grafito sobre papel
21 x 15 cm.
EXPOSICIONES:
Sala de arte Van Gogh, Ministerio de Educación y Ciencia, Palacio de exposiciones de BBAA; parque del Retiro, Madrid, 1957
BIBLIOGRAFÍA:
Catalogación artistica de Galicia, Fernando A. de Sotomayor, Ed. Fundación Pedro Barrie de la Maza, A Coruña, 2004 (repr. color p. 394)
Sotomayor se había marchado de Galicia con su familia cuando tan solo contaba cuatro años y no regresó hasta los treinta, con motivo de la boda de su hermano. Ese redescubrimiento de su tierra natal marcó un cambio en su trayectoria artística, que a partir de entonces se caracterizará por pintar reiteradamente, con una interpretación afectada de la realidad, a las gentes y escenarios gallegos, principalmente de la zona de Bergantiños. En las décadas de los 40 y 50, cuando no está de temporada en Galicia, el pintor vive acomodadamente en Madrid, y la alta sociedad de la capital se disputa su tiempo para ser inmortalizada en sus lienzos excesivamente amables, como muestra a presente obra.
LITERATURA:
* Fernando A. de Sotomayor, Ed. Fundación Barrié de la Maza, A Coruña, 2004 (Cat. nº 292, il. p. 315)
* Con Mirada Propia, Pal. Municipal Kiosko Alfonso, A Coruña, FMJJ, 2007 (il. p. 33)
Boceto de Alí, caballo de Franco, 1941
Oleo sobre lienzo
86 x 100 cm.
LITERATURA:
* Fernando A. de Sotomayor, Ed. Fundación Barrié de la Maza, A Coruña, 2004 (Cat. nº 444, il. p. 370)
* Dominó 1, Ed. Rodeira-Grupo Edebé, A Coruña, 2007 (il. p. 132)
Sotomayor es un pintor con una gran formación académica y con una técnica muy depurada. Su producción enlaza la pintura barroca con las tendencias innovadoras de comienzos del siglo XX, que nunca quiso seguir. Él consideraba que la forma prevalecía sobre la idea y así lo manifestaba: “el arte es la realidad pasada por la personalidad del pintor”. A los años que dedicó a su formación clasicista, hay que sumar las horas que pasó en los museos observando a los grandes maestros, de los que él tomó unos esquemas que luego ajustó a su estilo. Entre sus favoritos, se encuentran los pintores de época barroca ya que su técnica y factura suelta ha sido comparada por los especialistas con la de los barrocos holandeses como Franz Hals, representada principalmente en la importancia que Sotomayor otorga a la figura humana. Para Sotomayor lo esencial de la pintura era la expresión, la integración de luz y color para que ningún elemento predomine sobre los demás y lograr lo que en el siglo XIX se denominó “cuadro de composición”. Así se definía a la obra que debía de poseer un asunto concreto y aunar todos los medios artísticos como la composición, el dibujo y el color. La década de los años 40, en la que se realizó la obra Orando a la Dolorosa (óleo sobre lienzo, 100x80 cm., 1949), fue de gran prosperidad para el artista, ya que continuó su labor como director del Museo del Prado y gran parte de la clase alta de Madrid y otras importantes ciudades lo reclamaban como retratista haciendo que los encargos no cesaran. Asimismo, las exposiciones homenaje y los galardones se sucedían como reconocimiento a una dilatada y excelente trayectoria. Sin embargo, su retiro y descanso lo hallaba en su Galicia natal, donde pasaba temporadas y continuaba pintando con la temática de su tierra como protagonista. En la obra el autor retrata a dos campesinas devotas rezando a la virgen en un interior eclesiástico. En esta ocasión, el autor repite un esquema habitual como es el de situar en la parte derecha las figuras protagonistas con un escenario como fondo. Sotomayor dominaba de forma excepcional el efectismo de la mancha de color y su juego con la luz, que quedaba remarcado por su gran capacidad como dibujante. Su técnica predilecta fue el óleo, pero los géneros fueron muy variados, desde el retrato a la composición histórica o la escena folclórica. De entre ellos, destaca la temática gallega, como se observa en la obra analizada, en la que las protagonistas son dos campesinas de la tierra que vio nacer al artista. Desde que redescubrió Galicia tras haber asistido a la boda de su hermano, las escenas costumbristas idealizadas extraídas de esta tierra fueron una temática común en la producción del artista hasta el final de su vida, como el caso de la obra Orando a la Dolorosa, ejecutada ya con una edad avanzada. Así, retrató principalmente a la mujer gallega en diversas actividades, desde el desempeño de las labores campesinas, a momentos de ocio, aunque casi siempre vestida con ricos trajes regionales que le permitían recrearse en su color. Pero siempre su retrato de Galicia sería idílico, renunciado a adentrarse en la temática social a diferencia de otros autores gallegos contemporáneos suyos.
LITERATURA:
* Fernando A. de Sotomayor, Fundación P.Barrié de la Maza, A Coruña, 2004 (il. p. 221)
* Cat. exposición 80 años/800 artistas coruñeses. Ed. FMJJ, dic. 2008 (ilustrado)