La pintura de Monroy es pura vitalidad, expresionismo enardecido volcado en unas obras que, por otra parte, raramente pierden la conexión con lo figurativo. Y es que Monroy se nutre de la realidad más próxima, del campo en el que está instalado su taller o de los elementos populares que le rodean, como estos piornos, formas de un hórreo gallego que sirven de pretexto para propiciar un estimulante encuentro de colores primarios, casi limpios, y el siempre provocador contraste de complementarios. Esta obra, realizada el mismo año de su muerte, a los 28 años de edad, sintetiza las lecciones de Matisse y de los expresionistas americanos. En una fiesta de colores, el artista representa el orden y desorden de la realidad inmediata, así como su capacidad racional para concretar o abstraer esa misma realidad, creando un nuevo escenario que nos lo muestra con un lenguaje directo.
EXPOSICIONES:
Exposición Antológica Guillermo A. Monroy, Concello de Vigo, Casa das Artes, 1993 (REPR. COLOR)
En Vigo, un grupo artistas plásticos sedientos de modernización propiciaron, a finales de los 70, con la llegada de la democracia, el movimiento artístico Atlántica, una iniciativa en la que tuvieron cabida los más diferentes estilos y lenguajes plásticos renovadores. Guillermo Monroy, alma mater junto con Anxel Huete fue, quizás, en aquel momento y hasta su prematura muerte a los 28 años de edad, el más adelantado, el que más rápidamente asumía la modernidad, en su caso con un lenguaje entre el expresionismo aprendido en Nueva York y el fauvismo de origen matissiano. Monroy toma como referencia lo que tiene delante, proyecta mentalmente la imagen en el lienzo, cosido en algunas zonas con toscas cuerdas en un guiño al arte póvera, y a partir de ahí comienza el proceso de esquematización. En un camino hacia la abstracción va dando forma a las ideas y a las cosas. La ventana es uno de los temas más recurrentes de Monroy. Un pretexto para componer un espacio legible en el que dar rienda suelta a la pintura como gesto, al placer de los colores, aquí suavizados por la delicadeza del paisaje que se intuye tras la ventana. Así describía esos paisajes el escritor Román Pereiro en el catálogo de la exposición antológica celebrada en 1993 en Vigo: “Siempre fueron felices los estímulos que le llegaban por la ventana abierta al valle. ¡Su ventana!... tantas veces idealizada en filtraciones de luz entre contraventanas y visillos nebulosos... o cerrada en sensuales reflejos verdes y amarillos. Desde aquel marcos de luz ponía la “vista en movimiento”, como él mismo decía, para dejarse enamorar por el paisaje, para pintarlo con la pureza de un adolescente. Era la del Monroy una visión panteísta del paisaje. Me atrevería a decir que dialogaba con él..., que interrogaba a las nubes, o al sol o a los árboles. Trataba de depurar todo en sus abstracciones y de darles los colores de la pureza de los campos recién lavados por la lluvia. Unas veces domina la sugerencia de una mancha y solo podemos intuir una parcela labrada en ocres entre expresivos espacios blancos matizados en azul y violeta.
Exposiciones
Vigo, Guillermo A. Monroy , Antológica, Casa das Artes, 1993 (cat. repr. color. Pág. 46)