José Manuel Broto cultiva desde mediados de los años 80 una abstracción lírica a la que incorpora desde mediados de la década de los 90 la utilización de la imagen digital. Su pintura posee un estilo analítico y sintético, que somete a estímulos intelectuales provenientes de la poesía mística, la música, el ensayo o los viajes, para ampliar así su perspectiva como artista. Detrás de los aspectos pragmáticos y teóricos de la propia acción plástica, traslucen por detrás la carga intelectual y emocional plasmada a través de signos, grafías, colores y formas. La obra Sin título (acrílico sobre lienzo, 200x200 cm., 2004) responde al estilo que viene desarrollando el artista zaragozano en su etapa actual, desde los años 2000, protagonizada por obras caracterizadas por la sencillez formal, que sin embargo aporta una gran riqueza plástica. En esta ocasión, sobre un intenso fondo rojo uniforme, Broto dispone manchas de diferentes colores (amarillo, azul o verde) que parecen flotar sobre el espacio, logrando una sensación de ingravidez y ligereza que ofrecen como resultado una composición equilibrada. La obra se caracteriza por una gran carga rítmica y sintética, al tiempo que despoja a los colores de cualquier tipo de significado. Como explica la especialista Olvido Garcés, en estas composiciones el automatismo del color se añade a una rápida ejecución de las formas, que se aleja de cualquier conciencia reflexiva. A través de este tipo de obras, lo que el espectador puede observar es el reflejo del un universo íntimo del artista, que se llena de espirales y líneas moldeables, fluctuantes, que habitan un espacio que les viene dado, pero que a su vez crean el suyo propio gracias a la sensación de volumen y oquedad que en muchas ocasiones generan. Aunque no es el caso de la obra analizada, son numerosas las ocasiones en las que las manchas aleatorias creadas por el artista flotan sobre figuras geométricas, principalmente cuadrados y rectángulos, siempre ideados en colores muy vivos, básicamente en azul y rojo, éste último elegido para el fondo del lienzo objeto de este análisis. El autor concibe el azul y el rojo como opuestos y la utilización de ambos es constante en su más reciente trayectoria, cuando retoma el interés por los colores primarios que tenía cuando era un niño. Los antecedentes estilísticos de las creaciones recientes de este autor hay que buscarlos en la década de los años 80, como ya se ha mencionado, en la que comenzó a trabajar la austeridad de las formas y la abstracción para recrear figuras oníricas, geométricas, laberínticas y orgánicas, a las que desde 1998 incorpora aquéllas atmosféricas o espaciales, trabajadas con tratamiento colorista que desarrolla en grandes formatos, como en esta ocasión. Las formas flotantes y orgánicas que protagonizan este tipo de obras son el resultado de la fuerza del automatismo en el empleo del color. Éste presenta gradaciones, matices y vibrantes tonalidades que para algunos especialistas están relacionadas con el agua, como la consecución de la forma más sencilla posible, su comportamiento como líquido y los destellos que éste consigue. Gloria Collado lo explica así: “La sugestión del agua remite principalmente al logro, nada desdeñable, de alcanzar cada vez más mayor riqueza plástica con formas más simples y quizás a la liquidez misma de la materia pictórica que, con predominio de formas circulares o de recorrido sinuoso, parece cerrar el espacio sobre sí mismo o acortarlo a un ámbito de representación”. El autor logra con estas formas remarcar su universo creativo y cuando las hace flotar sobre figuras geométricas refleja la influencia de dos grandes maestros como Mondrian y Rothko. La impronta del primero se observa en la concepción de los fondos, donde habitan la línea y el color; y la del segundo, en la concepción del espacio y los grandes formatos. Asimismo, el autor busca la interacción, la respuesta emocional del espectador mediante el uso del color, la luminosidad y el brillo, que incrementa al emplear grandes formatos.