Cuando Murguía pinta esta obra esta viviendo en La Coruña. En esta época acostumbra a salir al campo a realizar apuntes paisajísticos del natural que después en el taller completa con desenvoltura, dejándose llevar por la representación de una naturaleza más poética que narrativa. El presente paisaje sigue los parámetros estructurales y técnicos de otras obras de esta época, en los que se aprecia su admiración por la estética paisajística de Carlos de Haes y por los recursos plásticos decimonónicos de efectismos lumínicos, destacando la tendencia al cielo plomizo y luz sombría, en contraste con las luces crepusculares, siguiendo los dictados de la moda temática de su tiempo. Sin embargo, la estructura compositiva de los diferentes planos y colores, con magnífica gama de verdes, azules y tierras, así como la espontaneidad en las pinceladas, nos hablan de una de las mejores obras del periodo vivido en La Coruña. En esta época la pintura de Murguía cada vez despierta mayor interés. Tras su realización, la obra fue expuesta en la emblemática librería Roel de la calle Real –no volvería a ser expuesta al público hasta 1977, en la exposición de la Generación Doliente organizada por la Diputación Provincial de La Coruña-, y cuya noticia es recogida en la Revista Gallega del 19 de mayo de 1895, en un extenso texto de su director Gal Salinas, del cual extraemos el siguiente fragmento: “La espaciosa vitrina de la Papelería Roel engalanose el primer día de la semana pasada con un hermoso lienzo de regulares dimensiones, debido al ya experto pincel del joven hijo de nuestra más preciada gloria literaria y nuestro insigne maestro el ilustre historiador Don Manuel Murguía. El cuadro que atraía las miradas de cuantos por la calle Real transitaban, estaba inspirado en un asunto tan sencillo como simpático: El remanso de un riachuelo, cuyas aguas dejan ver el fondo, simula una pequeña abra en la cual encuentra seguro anclaje una vieja chalana que parece como aprisionada en su cárcel de liquido suelo y paredes de verdor; montículos de primaveral vegetación rodean lo que por su tranquilidad simula un lago, y extendiéndose al fondo véase el campo matizado por los sombríos tintes de la hora vespertina, y allá en lo lejos, hundiéndose perezosamente tras los picachos que limitan lo accidentado del terreno, el astro diurno que se oculta cansado ya de alegrar con la brillantez de sus rayos la humanidad que ansiosa ve llegar las melancólicas horas del descanso. Al recrearse con la placidez que el ánimo transmite la contemplación de este hermoso lienzo, dan ganas de cruzar las manos, doblar las rodillas y elevar al cielo una plegaria de gratitud; porque asunto tan natural y sencillo, desarrollado con tan feliz éxito, lleva al alma raudales de poesía y a la inteligencia las seguridades de un algo revelador de secretos y misterios que apenas deja entrever la naturaleza, pero que, no obstante, acusan la existencia de un ser superior a la humana concepción. (...) Es de notar que este lienzo ha sido concebido y pintado en cuarenta y ocho horas, y que no estuvo expuesto más que un día, habiendo sido adquirido inmediatamente en mil reales por nuestro antiguo amigo D. Ricardo Silveira que ya adquirió, hace meses, otro cuadro de Murguía (...).”
LITEARTURA:
Catálogo Exposición Generación Doliente, Diputación de A Coruña, 1977
Ovidio Murguía, Ed. Fundación Barrie, A Coruña, 2002
Revista Gallega, Critica de Arte Ovidio Murguia, 1895