Tono Carbajo es uno de los creadores que en la década de los 80 formó parte del grupo de artistas que renovaron el panorama plástico de Galicia, liderado por el grupo Atlántica, aunque él nunca se ha considerado miembro del movimiento. Carbajo prefiere que se le relacione con nombres de artistas coetáneos como Matamoro o Cáccamo, que no se encasillan en un estilo concreto. Su estilo evolucionó desde una gestualidad que se puede considerar agresiva, pasando por el protagonismo que otorgó a la materia, hasta adentrarse en un proceso en el que fue depurando las formas, preocupándose por el espacio e introduciendo técnicas digitales, informáticas o de fotografía en sus creaciones. En la obra Cabezudo (mixta sobre arpillera, 127x81 cm., 1985) queda patente el interés de Carbajo por las formas primitivas. Si bien se acerca a la abstracción, la obra contiene un tema reconocible, una simple figura antropomorfa de marcados contornos. El círculo centra la composición y se introducen abundante materia, además de técnicas como el collage que aporta textura y aumenta la carga expresiva del conjunto. A través de una figura humana Carbajo juega con la imperfección que busca intencionadamente por medio de la libertad en la utilización del color y de las formas, valiéndose del primitivismo formal y cambiando el enfoque visual. Cabezudo se encuadra en la serie que realizó el artista entre 1984 y 1985 bajo el título Los cabezones, en ella deforma las figuras protagonistas para expresar estados de ánimo y distintas sensaciones. Los trazos empastados, la violencia gestual y cromática de la serie tienen sus raíces en el expresionismo abstracto de Karel Appel, el graffiti, el dibujo infantil y el Art Brut de Dubuffet. Carbajo admite, además, la influencia de Tom Wesselman: “me encantaba ver cómo enfocaba al personaje, haciéndole ocupar casi todo el plano”.