Patriarca del modernismo, Rusiñol es, además de excelente pintor, un notable literato, coleccionista, promotor de iniciativas culturales en la cataluña modernista y viajero de curiosidad inagotable. A partir de la década de los 90, Rusiñol comienza la etapa artística más conocida de su trayectoria: la representación de los jardines de España. Próximo al simbolismo, Rusiñol buscaba los paisajes ordenados por la mano del hombre y no en estado salvaje. Granada, Segovia, Mallorca y fundamentalmente Aranjuez, donde finalmente murió, fueron los escenarios de sus obras, que culminan con la publicación en 1903 del álbum Jardines de España. Sus jardines no son tratados como paisajes sino como grandes naturalezas vivas. En esta versión de la Glorieta de Cipreses del Jardín del Príncipe en Aranjuez - hay aproximadamente diez, siendo esta la de mayor tamaño y elaboración - Rusiñol se propone pintar la nobleza del otoño y su melancolía teñida de naranjas y amarillos.
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