Juan Muñoz destacó entre los artistas de su generación por aproximarse a la condición humana con una gran carga poética y desde una gran variedad de sentimientos. Su obra podría encuadrarse dentro de la estética conceptual, sin embargo, Muñoz se mantuvo siempre independiente, sin adscribirse a ninguna corriente o grupo artístico en concreto, optando por investigar la tradición clásica y la contemporánea. Velázquez, Goya o Parmigiamino serán referentes constantes durante sus procesos creativos. La obra Sara con espejo (resina pintada, espejo y madera, 121x60x30 cm., 1996) representa los preceptos creativos del artista madrileño que versan sobre la figura humana y su relación con el espacio arquitectónico, elaborando una imagen ilusoria que remite a la crisis del hombre contemporáneo y su soledad. En esta ocasión, la escena alude a la tradición del retrato grotesco del Siglo de Oro Español, representando una mujer enana mirándose coquetamente a un espejo mientras juega con su falda tableada. Enteramente de color gris plomo, el autor no diferencia ningún aspecto de la morfología de la figura ni de su vestimenta. Sus personajes invitan al espectador a darles una interpretación, interactúan con el visitante porque el deseo del escultor es acabar con el tradicional rol pasivo que tiene el observador. Esta iniciativa responde a un concepto renacentista revivido por algunos escultores contemporáneos, en cuyas obras una o más figuras humanas desarrollan una comunicación generando cierta atmósfera o tratando de contar una historia que queda en la imaginación del espectador. El propio artista definía así estas creaciones: “Reproduzco a seres humanos reales, las figuras no representan a personas concretas, tratan de crear la imagen de un hombre que no se dirige a ninguna parte. Quiero hacer una estatua autónoma, pero me parece que no soy capaz. Reducir la figura al grado cero, una figura inexistente, así podría trabajar un millón de años. No es crear un símbolo, más bien es una imagen definitiva”. Con la introducción del espejo Muñoz muestra un gran interés por los mecanismos que facilitaban la visión y la percepción humana. La compleja relación entre el observante y el observado se vincula directamente con obras renacentistas y barrocas como Autorretrato de Parmigianino o Las meninas de Velázquez. En el acto de observarse está implícita la fascinación por el narcisismo, presente en muchas obras de este creador. La figura, se preocupa por su apariencia y el efecto se multiplica con la intervención de la mirada del espectador, disminuyendo la línea que separa la ficción de la realidad. Paralelamente, dentro de la complejidad de las creaciones de Muñoz, hay que resaltar otro aspecto que es la profundización que hace en un valor muy importante para él, como es el silencio. La protagonista de la obra miran hacia su interior, reflexiona. Muñoz describe así este concepto: “Las estatuas más logradas son las que parecen que están murmurando algo por dentro, aunque no las puedas oír”. Una vez más, la dualidad y la contradicción se hacen patentes: el espectador interviene en la obra porque la escultura lo invita, pero al mismo tiempo, ésta está desarrollando su propia vida interior. El 1996, año de ejecución de la obra, Muñoz se encuentra inmerso en una frenética actividad expositiva destacando la exposición que el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, así como la muestra que el Dia Center for Arts de Nueva York le dedicó bajo el título A place called abroad.
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