La disolución de Equipo Crónica a comienzos de los años 80, del que había sido cofundador, supuso una nueva etapa en la trayectoria de Manolo Valdés. El artista comenzó a renovar su vocabulario estilístico y a introducir nuevos elementos en sus obras como la utilización de telas desgarradas o arpilleras trabajadas con pinceladas gestuales, cargadas de materia. Al final de la década, el valenciano decide trasladarse a Nueva York, ciudad en la que todavía reside. Esta experiencia novedosa le propicia el contacto con las corrientes que se desarrollaban entonces en Estados Unidos influyendo en el aumento del tamaño de sus obras, en la viveza del colorido y en la reutilización de las imágenes de los medios de comunicación como ya había hecho en la etapa de Equipo Crónica, que había introducido el estilo pop en España en la década de los 60. Después de su traslado a esta ciudad, Valdés sumó a la pintura una nueva disciplina: la escultura. Así, en los años 90 el autor comienza a desarrollar una serie de obras protagonizadas por bibliotecas y estanterías repletas de libros. < Yo empecé haciendo una mesa con libros y luego pasé directamente a la librería. Fui unas vacaciones de verano cerca del colegio donde estaba mi hija y alquilé una casa ya amueblada. Me llevé unos libros de Nueva York para pasar el mes trabajando y por la mañana, cuando baje, los puse sobre la mesa en la que tenía que empezar a trabajar, a pensar qué era lo que tenía que hacer. Cuando vi los libros, tenían una luz muy bonita y dije “éste es el tema: los libros….”. Y de libros pasé a la librería> Paralelamente, también recrea bodegones, mesas sobre las que deposita objetos como libros, botellas o lámparas. La obra Librería-Aparador (madera de roble, 227x128x56 cm., 1996) se inscribe en esta etapa y en ella representa un mueble de alguna manera deforme, torcido, repleto de libros, jarrones y recipientes amontonados. Todo ello, objetos cotidianos que le sirven para reflexionar sobre la materia y el espacio. Valdés pretende que el espectador se sienta cómodo ante las obras para que le resulte familiar por lo que alude a la realidad, la diaria y la que se ha adquirido en la sociedad occidental después de devenir siglos de Historia del Arte. Así, sus creaciones parecen fácilmente legibles y con una sencilla interpretación, aunque luego se deba reflexionar por qué interesan o resultan bellas. La materia caracteriza la obra y va a concentrar una fuerte carga expresiva. En la escultura no existe color, la policromía no es otra que la natural de la madera que la constituye, en partes más pulida y en otras con los defectos propios de la misma, casi sin transformar. Este juego de texturas consigue despertar en el espectador una mirada táctil que por otro lado, nos remite a los antiguos flamencos, a Rubens o a Velázquez. Y aunque en la mayoría de sus estanterías la Historia del arte está ausente, en este caso, Manolo Valdés no puede evitar otras alusiones insertando una serie de objetos, vasijas y jarras, con configuraciones muy a lo Morandi que ya había trabajado en años anteriores. Se puede afirmar que Valdés asimila y reelabora los objetos y las obras de arte. En la etapa en al que fue creada la obra, el autor incorpora a sus obras objetos que bien podría haber visto, tocado o recogido de sus paseos por la ciudad, como pueden ser zapatos, bolsas, frascos o guantes, entre otros. Son objetos, que al igual que las obras de arte de los museos, le sirven para reflexionar sobre la razón de ser del arte.
EXPOSICIONES:
El Espejo Que Huye. Obras Colección FMJJ; Centro Cultural Palacio Revillagigedo, FMJJ-Cajastur, Gijón, 2009
LITERATURA:
David Barro, Cat. El Espejo Que Huye. Obras Colección FMJJ, Ed.FMJJ-Cajastur