Autores

Soler, Rigoberto (1895 - 1968)

Figura extraordinariamente sugestiva dentro del panorama de la pintura alicantina de la primera mitad del S XX es el alcoyano Rigoberto Soler Pérez, uno de los pintores que mejor ha sabido retratar la vida ibicenca. Su formación se fue enriqueciendo entre las lecciones recibidas en la Escuela de Artes y Oficios de Valencia y su admiración, entre otros maestros de este fructífero rincón de España, al extraordinario Joaquin Sorolla. Rigoberto Soler es un artista dotado que a los dieciséis años realiza la primera de las muchas exposiciones habidas en una trayectoria profesional llena de éxito y reconocimiento. La década de los veinte es especialmente fructífera. En sus formas plásticas se distingue el movimiento modernista y art déco del momento. En la década de los treinta concurre a las prestigiosas exposiciones nacionales, compitiendo por el triunfo con maestros como Cecilio Plá o Vázquez Díaz. La temática más recurrente en su producción, y la que más éxitos le ha aportado, se refiere a los tipos ibicencos y al paisaje valenciano, tanto de playas como de huertas. Su pintura, presente en importantes colecciones y museos del mundo, es de aire clásico, aunque siempre marcada por una evolución activa que le ha permitido ser parte integrante de la revolución artística acontecida en el tiempo que le tocó vivir.

Obras

Encarna en la playa

Encarna en la playa (1924)

Óleo sobre lienzo

60 x 70 cm

La luz adquiere en esta tela, como en la mayor parte de las obras de Rigoberto Soler, el protagonismo absoluto. El dominio técnico en el reflejo de la luminosidad y la irradiación solar es precisamente lo que le ha dado al artista tan loable reputación. Luces y sombras, siempre verdes, se alternan en una armonía perfecta. El tratamiento de las pinceladas es verdaderamente asombroso. Se trata de trazos, en forma de manchas, aplicados con inteligente maestría, sin miedo, sin rectificaciones. Son cortas, anchas y de porciones precisas. El soporte carece de capa de preparación, por lo que la pintura ha sido aplicada directamente y de forma intencionada sobre la rugosidad de una gruesa tela que se deja entrever continuamente para conferirle mayor vibración al resultado final de la obra. Una lección de elegancia para una obra de espíritu y formas levantinas.